Un padre muy religioso le estaba dando a su hijo la mejor educación posible. Un día, cuando iban a la iglesia, le dio dos monedas al niño: una moneda de una rupia y otra de un céntimo. También le dio la opción de dar lo que creyera que estaba bien en el canasto de la iglesia. Podía donar la rupia ó el céntimo.
Por supuesto, el padre creía y esperaba que él diera la rupia. El niño había sido educado de tal modo que esto era de esperarse.
El padre esperó. Cuando salieron de la iglesia, sintió curiosidad en saber lo que pasó. “¿Qué hiciste?”, le preguntó.
El niño admitió que había donado la moneda de un céntimo y guardado la rupia para él.
El padre no podía creerlo. Le dijo: “¿Por qué hiciste esto? Siempre te hemos inculcado los mejores principios”.
El niño respondió: “Me preguntas por qué: te diré la razón. El sacerdote habló bien en la iglesia. Dijo en su sermón: “Dios ama al donante alegre”. Y yo podía donar la moneda de un céntimo con alegría, pero no la rupia”.
sábado, 20 de agosto de 2011
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