miércoles, 22 de julio de 2009

EL LOBO ESTEPARIO (fragmento)

Conversación entre Harry (protagonista de esta historia) y Armanda (amiga de Harry y parte esencial en la historia)

Tú llevas en tu alma una imagen de la vida, estabas dispuesto a hechos, a sufrimientos y a sacrificios, y entonces fuiste notando poco a poco que el mundo no exigía de ti hechos ningunos, sacrificios, ni nada de eso, que la vida no es una epopeya con figuras de héroes y cosas por el estilo, sino una buena casa burguesa, en donde uno se encuentra perfectamente satisfecho con la comida y con la bebida, con el café y la calceta, con el juego del tarot y la música de radio. Pero en cambio, el que ama de verdad y lleva dentro de sí lo otro, lo heroico y bello, la veneración de los grandes, de los santos, ese es el necio y un Quijote. Está bien.

¡Y a mí me ha ocurrido exactamente lo mismo, querido amigo mío! Yo era una buena muchacha con dispocisiones y destinada a vivir con arreglo a un elevado modelo, a tener para conmigo grandes exigencias, a cumplir dignos cometidos. Podía tomar sobre mí un gran papel, ser la esposa de un rey, la querida de un revolucionario, la hermana de un genio, la madre de un mártir. Y la vida, no me ha dado la oportunidad, más que para ser una cortesana de mediano buen gusto; ¡ya esto solo se ha hecho bastante difícil! Así me ha sucedido.

Una temporada estuve que no me consolaba nada, y durante mucho tiempo estuve buscando en mí misma la culpa. Pensé que la vida al fin siempre tiene razón, y si la vida se burlaba de mis hermosos sueños decía yo, no ha tenido razón. Pero esta consideración no servia de nada en lo absoluto. Y como yo tenía buenos ojos y buenos oídos y era además un poco curiosa, me fijé con todo interés en la llamada vida, en mis vecinos y en mis amistades, medio centenar largo de personas y de destinos, y entonces, vi Harry, que mis sueños habían tenido razón, mil veces razón, lo mismo que los tuyos. Pero la realidad, la vida misma, no la tenía. Que una mujer de mi especie no tuviera otra opción que envejecer pobre y absurdamente junto a una maquina de escribir, al servicio de un ganadineros o casarse con uno de estos ricachos por su posición, o si no, convertirse en una especie de meretriz, eso era tan poco justo como que un hombre como tú tenga, solitario, receloso y desesperado, que echar mano de la navaja de afeitar.

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